ARQUITECTOS DEL ÁNIMO

Para algunos, toda rutina es aburrida, mientras para otros la rutina supone un elemento de comodidad y seguridad. Lo que está claro es que hay rutinas útiles y otras que no lo son; y cómo vivimos las emociones es con frecuencia una rutina de este último tipo: caemos habitualmente en una pauta que nos lleva a situaciones que nos perjudican.

Decíamos en el último artículo que el primer paso para vivir las emociones de forma distinta, es fluir en ellas. ¿Cuál sería el segundo? Pues muy novedoso no es, pues nos lo adelantaron los estoicos griegos hace más de 2.200 años, al advertirnos de que lo que nos hace sufrir no es lo que nos pasa, sino lo que nos contamos acerca de lo que nos pasa. En efecto, los estados de ánimo dependen de lo que nos contamos y, de hecho, diferentes personas muestran estados de ánimo distintos en las mismas circunstancias, debido a lo que se cuentan. Por ejemplo, cuando una persona muere dejando varios hijos, cada uno lo vive de forma diferente porque cada uno se lo toma de una cierta forma y eso implica que unos puedan sufrir mucho (si se centran en la pérdida y en lo que han dejado de vivir con quien se marchó), mientras que otros encuentran pronto la serenidad (quizá centrándose en lo bonito que vivieron con esa persona y conectando con la gratitud). Todos sentirán dolor…pero su sufrimiento dependerá de lo que se cuenten. Otro ejemplo es Rafa Nadal: en las derrotas, él no se dice que ha perdido, sino que el otro le ha ganado porque ha sido mejor. ¿Le habéis visto sufrir mucho por perder?

Aquí entra en juego nuestra vieja amiga la expectativa (ver “La Ecuación Esencial”), pues marcará mucho nuestra reacción ante lo que nos sucede si esto se aparta mucho de lo que esperábamos que nos pasara. Cuidar las expectativas cobra aún más importancia, como veis. Rafa Nadal desea ganar, pero su expectativa está en realidad en competir dando lo máximo de sí mismo. Competir depende sólo de él y de ese modo él tiene el poder sobre su emocionalidad (para ganar, depende también del otro y de la “suerte”).

De modo que, si nuestra emocionalidad depende de dónde colocamos nuestras expectativas y de cómo elegimos recibir lo que nos pasa, de algún modo podemos ir “diseñando” nuestro estado de ánimo. La emoción inmediata es inevitable…pero el estado de ánimo más permanente sí que depende de nosotros. Si ajustamos nuestras expectativas y fundamos bien lo que nos contamos, viviremos las emociones de forma útil: el miedo nos protegerá de peligros reales, la rabia o la frustración nos llevarán a hacer cosas medidas en lugar de a reaccionar demasiado o demasiado poco, etc.

Todo esto tiene otra derivada interesante: nadie “nos” causa inevitablemente emociones. Manuel puede hacer (o dejar de hacer) una cosa, y José puede sentirse profundamente decepcionado…mientras Lola puede reaccionar ante eso con indiferencia o serenidad. Depende de qué se diga cada uno. Así que a partir de ahora, en lugar de decir “Manuel me ha amargado el día”, quizá podamos ir aprendiendo a decir “Manuel hizo tal cosa…y yo me amargué el día”. Al asumir la parte de responsabilidad que nos toca, es más fácil vivir las emociones desde la utilidad, corrigiendo aquello que pueda estar exacerbando o poniendo sordina a lo que sentimos (como unas expectativas poco adecuadas o un discurso mal medido acerca de lo que nos sucede). Recuperada la responsabilidad sobre las emociones, recuperas el poder; no dependes de lo externo y en cierta forma te liberas. ¿Te apuntas a ser el arquitecto de tu emoción?

¿Qué emoción te atrapa de vez en cuando de una forma que no te gusta? ¿Cómo fijas tus expectativas acerca de lo que la desencadena? ¿Qué te cuentas acerca de lo que te sucede cuando se dispara esa emoción? Si eliges instalarte en la serenidad, la confianza y la ambición (entendida como ganas de hacer las cosas mejor), ¿qué necesitas para acceder a esas emociones? Ya sabéis, las respuestas y otras preguntas, las tenéis vosotros mismos…

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